Fresquito KFC
MadridKFC, una de las marcas de restauración más activas culturalmente en España, tenía un territorio que nunca había pisado: el del público infantil. KFC llevaba tiempo explorando nuevos formatos de innovación colaborando con marcas, pero la idea no era para competir por sabor, sino por cultura y así apareció el Fresquito. El caramelo más infantil de Fiesta. Un clásico de la infancia que ha sobrevivido intacto en la memoria emocional de varias generaciones con una oportunidad doble: conectar con el público adolescente desde lo absurdo, lo colorido y lo gamberro. Y por otro, reactivar la nostalgia de los millennials.
Pero lo mejor no era su sabor. Era su gesto: Rebozar la piruleta en el pica-pica. Y así llegamos al al muslito de caramelo con su sobre de pica-pica para que lo rebozases tú mismo.
Fresquito no era un producto core. Era una apuesta táctica, una anomalía estratégica diseñada para reforzar la marca.
Necesitábamos construir un lanzamiento con alma de broma, que pudiera vivir en restaurante como parte del menú, y fuera de él, en tiendas de alimentación. Y que en ambos entornos funcionara como gancho, conversación y excusa para visitar KFC.
La primera decisión fue creativa. En lugar de hacer una campaña como si la hubieran hecho niños para llamar la atención la dejamos en manos de niños reales. Los dibujos de hijos, hijas, sobrinos no fueron una referencia visual: fueron el material final. Con ellos se intervinieron lonas, coches y espacios publicitarios varios. Produjimos directamente con lo que hicieron los niños.
La segunda decisión fue la más inesperada de todas: si íbamos a intervenir espacios publicitarios, ¿por qué no hacerlo de verdad? ¿Y por qué no liar a otra marca? Así nació una jugada a tres bandas. KFC y Fiesta se aliaron con Babaria para convertir su campaña de cosmética en parte del relato.
La campaña arrancó en el intercambiador de Avenida de América, punto neurálgico de Madrid, interviniendo columnas, paredes y soportes donde empezaron a aparecer corazones, garabatos, piruletas con forma de muslito y declaraciones de amor tipo “Fresquito de KFC <3 <3”. Todo con la inconfundible caligrafía de quien aún está aprendiendo a escribir.
No era una recreación se imprimió tal cual. Con errores. Con tachones.
La estética invadió también los coches estratégicamente aparcados en la zona, vinilados con los mismos trazos y firmas infantiles. Pero el momento más jugoso estaba reservado para la lona.
Babaria tenía su campaña en marcha. Una creatividad limpia y cuidada. Tal y como estaba previsto, la intervinimos con los mismos dibujos infantiles.
Y entonces, el cierre perfecto: Babaria reaccionó “limpiando” la lona con su propio desmaquillante facial, demostrando con hechos la eficacia de su producto, sin cambiar una coma de su campaña.
Una intervención. Una desintervención. Y en medio, “un KFC” en estado puro.
La acción funcionó en tres niveles al mismo tiempo. Como experiencia urbana, como demostración de marca y como campaña de producto.
Una campaña con la que se superó en un +9% las ventas del postre más vendido de la marca. Un producto que además empujó el Menú Chiquillo (+26% de pedidos vs año anterior).
En paralelo, generó conversación orgánica (PR Value de 1.226.298)€.
Con un +78% de ventas vs. total ventas de otras colaboraciones de Fiesta con otras marcas.
Funcionó como excusa de entrada para familias, pero también conectó con adultos vía nostalgia.
La activación urbana, el tono visual y la narrativa coral generaron cobertura en medios lifestyle, marketing y generalistas, además de contenido espontáneo en redes.




